Las rutas de los Viveros de Coyoacán

Actualizado: 31 de oct de 2019

Maricarmen Poo



Yo tengo mis manías (¡No digas! dirían mis hijos) en lo que se refiere a las rutas que me gusta seguir dentro de los Viveros. No me gusta caminar por el circuito de circunvalación como lo hace casi todo el mundo; personalmente detesto el espectáculo de culos y lonjas bamboleantes enfundados en coloridos trajes de lycra. No, señor, prefiero tomar rutas que me permitan disfrutar en soledad, la belleza que ofrecen los diferentes paisajes que se encuentran dentro de los Viveros.


Aunque en México no contamos con cambios dramáticos de estaciones, sin duda, dentro de los Viveros podemos disfrutar diferentes escenarios que varían durante el año. Mi época preferida es invierno. Curiosamente es en invierno cuando ocurren dos de los fenómenos que más disfruto en el año: florean los ciruelos y los negundos se cubre de ramas tiernas. Los negundos se encuentran entre las avenidas de Palmas, Negundos, Olmos y Circunvalación, se trata de un paraje que auténticamente te hace pensar en escenarios de cuentos de hadas. Cada vez que encuentro algún equipo de humanos dispuestos a iniciar una sesión fotográfica, ya sean novios, quinceañeras, bebés o equipos de futbol, no dudo en sugerir que vayan a mi sitio favorito.

En cuanto a los ciruelos, afortunadamente puedo decir que se encuentran en abundancia y esparcidos a lo largo de todo el lugar llenándonos la vista de flores blancas o rosadas como promesa de frutos deseados, aunque honestamente he de confesar que son malísimas las ciruelas que producen estos bellos ejemplares.

El otoño también tiene su encanto. En esa época ocurren otros dos fenómenos fascinantes: las agujas de los pinos llenos de rocío y las nubes de espigas lilas que crecen en los prados libres de árboles.


En general me gusta entrar por la puerta 4 y sigo derecho por Eucaliptos, doy vuelta a la derecha en Palmas, y sigo hasta topar con Celtis, donde me incorporo hasta llegar al altar de la virgen de Guadalupe. Yo, en realidad, soy agnóstica, pero como buena mexicana, soy Guadalupana; me conmueve profundamente la enorme cantidad de deportistas que detienen su carrera para pedir u ofrecer algo delante del gigantesco eucalipto que celosamente custodian y cuidan una señora con su hija, cuyo parecido es perturbador: el outfit, el peinado, la forma de caminar y, sobre todo, la actitud de “aquí mando yo”.


Después de rendir los honores a “la morenita” sigo hasta la Circunvalación e inicio el regreso recorriendo las avenidas de norte a sur y de poniente a oriente. No siempre recorro las mismas calzadas ni en el mismo orden, voy cambiando según mi humor y estado de ánimo, pero siempre termino en el mismo punto donde se encuentra “mi banca” y donde remato mi visita con una serie de ejercicios que avergonzarían a toda mi decendencia (si me vieran) y finalmente me relajo con una pequeña meditación. Mi banca se encuentra en la calzada de Chopos y tengo una vista perfecta de los negundos. En ocasiones la encuentro ocupada, lo cual causa un gran pesar en mi alma; parece que los otros visitantes no saben que es mía y que la necesito para cerrar mi ciclo diario, y cuando esto sucede suelo acudir al prado donde crecen las espigas lilas y me instalo en un pequeño tronco que se encuentra a la mitad.


Otra ventaja que tiene mi banca es que está junto al árbol donde acude el “guapo de crujir” para hacer sus ejercicios de alto riesgo, pero esa es historia para otra ocasión.

Por si quieren seguir la ruta.

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