SEGUNDA PARTE: La abuelita contra-ataca en la Ventanilla Única

Actualizado: 30 de sep de 2019

Como podrán recordar, queridos lectores de este boletín, este relato cuenta las peripecias y malabares que ha tenido que hacer mi abuela desde el 2014 para intentar construir la casa de sus sueños en la Alcaldía de Coyoacán. Previamente he hecho un resumen de las dificultades burocráticas con las que se ha enfrentado para obtener la manifestación de obra durante 5 años. Subrayé las esperanzas en la obtención de los permisos para construir que le infundió la llegada de la 4T y los repetidos discursos de combate a la corrupción de AMLO, de quien es ferviente seguidora desde que le otorgaron la tarjeta de pensión alimentaria, por ahí del año 2002, o algo así. También tiene mucha fe en que la moral de un deportista rebase las tentaciones del poder que otorga dirigir una Alcaldía.


Pues bien, nos quedamos en que el 30 de julio de 2019 la abuelita había ingresado en la Ventanilla Única de la Alcaldía de Coyoacán la solicitud de publicitación (que es el nombre que lleva el nuevo requerimiento para lograr la manifestación de obra). Le dijeron que tendría una respuesta al cabo de 15 días o un mes aproximadamente.


Casi un mes más tarde, la mañana del miércoles 28 de agosto de 2019, la abuela se vistió con

sus mejores trapos y unos zapatos caminadores para dirigirse a las oficinas de la Alcaldía. Conocedora de los tiempos y horarios de las instituciones públicas, llevó un bolso grande con provisiones para las largas horas de espera: agua, galletitas, un libro, sus lentes y una buena dosis de paciencia. Llegó a la Ventanilla Única y preguntó dónde le podían dar informes sobre el resultado de su solicitud. Inmediatamente buscaron el número de folio en el mostrador y localizaron su expediente. Aún cuando la abuelita no iba muy optimista, se entristeció al escuchar que la respuesta aún no había “llegado”. Al hacerse consciente de la edad de la solicitante, la funcionaria se apiadó de la abuela y le dijo que no era necesario ir personalmente a preguntar por la respuesta y le dio el teléfono para hacerlo desde su casa. Estaba a punto de retirarse cuando reconoció a la funcionaria que revisa la documentación de manifestación de obra y que milagrosamente deambulaba alrededor de ella. Ni tarda ni perezosa, la abuela se le acercó amablemente para solicitarle orientación sobre el proceso de respuesta de la famosa publicitación. La mujer la envió a preguntar directamente a la Dirección de Desarrollo Urbano de la Alcaldía, ubicada sobre calzada de Tlalpan.


Con un destello de esperanza la abuela pidió un Uber (mi abuela sabe cómo usar su celular, gracias a un nietecito muy paciente que le ha enseñado algunas aplicaciones), para llegar al fin del mundo si fuera necesario, con tal de saber qué ha pasado con el trámite de la publicitación. Tuvo suerte de que la dejaran pasar en la Dirección de Desarrollo Urbano, pues tienen horarios estrictos de “audiencia”, como está marcado en un cartel a la entrada: miércoles y viernes de 10:00 a 14:00 horas. Preguntando llegó hasta la oficina donde podían decirle algo sobre su solicitud. Una secretaria la recibió con una serie de preguntas y llenó un formato con alguna que otra falta de ortografía. La abuela no se atrevió a señalarlas, ni de lejos. Fue conducida a otra oficina en donde se le indicó que esperara donde estaban ya otras personas sentadas. Había sillas un poco destartaladas, un sillón con un fondo infinito, una televisión que le hizo recordar a la abuela los tiempos en que había que dar un golpe a la tele para que reaccionara cuando se borraba la pantalla. A ella le encantaba darle un zape a la tv para que se despabilara. Se acomodó en una silla, pues pensó que del sillón jamás podría levantarse por sus propios medios.


Llegó otra secretaria preguntando quiénes de los presentes eran “gestores” y quiénes “particulares”. A los gestores se les recibió casi de inmediato. Los particulares se quedaron en el limbo de las salas de espera de las oficinas públicas, en un tiempo indeterminado, en donde no se sabe bien a bien qué pasaría a continuación. Ante la incertidumbre, la abue se dispuso a leer y a llenar el hueco en el estómago con sus galletas, pues ya llevaba varias horas entre una oficina y otra.



Un joven sentado a su lado daba claras muestras de impaciencia. La secretaria iba y venía, revisaba los papeles y lanzaba esporádicas sonrisas a los “particulares” sentados del otro lado del escritorio. El muchacho se atrevió a preguntar si su trámite ya estaba listo. La secretaria le contestó una perorata en la que no quedaba nada claro. “Es la tercera vez que vengo y no me dan respuesta”, exclamó el joven en tono desesperado. “No sabría decirle cuándo tendrá una respuesta, hay mucho trabajo”, respondió la secretaria. “¿Y entonces qué, para qué me hacen venir y esperar?”... Silencio sepulcral... No se habla en ese tono a una secretaria, no sólo es descortés, sino que cualquiera que haya pisado una oficina pública sabe de sobra que esa actitud cierra todas las puertas... Un ánimo crispado se sentía en el ambiente... “¡Mejor me voy!” terminó por decir el joven, saliendo enojado de la sala. Perdió su tiempo y, se adivinaba, la simpatía de la mujer detrás del escritorio, que era su medio de contacto con la única posibilidad de enterarse de su asunto.


Al presenciar esa escena mi abue empezó a sospechar que correría la misma suerte. En efecto, la secretaria le informó, al cabo de un rato, que la respuesta a su solicitud de publicitación aún no estaba lista. La abuela explicó que ya tenía mucho tiempo que la había ingresado. La respuesta fue contundente: “Hubo cambio de titulares y por eso se retrasaron los trámites. Lo más seguro es que la semana entrante la respuesta ya esté en las oficinas de la Ventanilla Unica”. Lo que asumió mi abuela es que en lenguaje burocrático, los “titulares” deberían ser funcionarios encargados de las áreas de esas oficinas. Al percatarse de la cara incrédula de la abuelita, la secretaria la invitó a pasar con ella cualquier día de la siguiente semana, aún cuando no fueran días de audiencia.


La abuelita se sintió desanimada porque se enfrentaba nuevamente a la impenetrable incertidumbre de las instituciones. Tomó su Uber de vuelta a casa, pensando en el resultado de su jornada: cinco horas invertidas en no averiguar nada y un gasto de cerca de $200 pesos en Ubers. A su edad, imposible tomar el micro. Para tranquilizarse decidió creer en las palabras benevolentes de la secretaria: seguramente su trámite llegaría a la Ventanilla Única la semana siguiente.


La abuelita esperó impaciente a que llegara el miércoles siguiente. Llamó a la oficina de la Ventanilla Única esperanzada en recibir una respuesta favorable. No. No había respuesta. Seguía creyendo en los dichos de esa secretaria de la Dirección de Desarrollo Urbano, quien de alguna manera le había infundido confianza; podía presentarse con ella para preguntar directamente por su trámite, por lo que decidió ir el jueves 5 de septiembre. Craso error: no pasó el filtro de la primera secretaria de dudosa redacción y ortografía. “Pero su compañera me dijo que podía venir, aún cuando no hay audiencia”, dijo la abuela suplicante. Sin piedad, la negativa fue implacable. Entonces la abuela recurrió a sus encantos de abuelita con el policía de la entrada, quien se apiadó de ella y le presentó a un arquitecto que pasaba por ahí y se prestó a escucharla en los pasillos de la honorable institución. “No se preocupe señora, venga mañana, trate de ver al ingeniero X, seguramente él la orientará. Es una pena que esto pase en estas oficinas, etc., etc., etc.”. Ya la abuela se estaba sintiendo en confianza con ese funcionario, creyendo que al día siguiente todos sus problemas se solucionarían de verdad. De pronto, un personaje con aire de dirigir el lugar los interrumpe: “¿De qué se trata? ¿Qué se lo ofrece a la señora?”. El arquitecto se despide de inmediato, la abuela titubea... Se ve obligada a contar su historia de nuevo, con aire victimizado. El que ella asume es un alto funcionario le aclara que las audiencias son los miércoles y los viernes de 10:00 a 14:00 horas, que regrese el viernes. La abuelita no se atrevió a denunciar a la secretaria mentirosa quien le dijo que podía ir cualquier día porque ella la recibiría. Lo peor es que el jeque de la institución no le dio ninguna esperanza: “Tenemos demasiado trabajo” le dice. “Pero si yo sólo quiero construir 160 metros cuadrados”, replica la abue. “Eso dicen todos y terminan construyendo 400 metros cuadrados”, responde el funcionario. “Yo no tengo dinero para eso y no tengo costumbre de engañar a nadie”, lanza la abuela. “Si usted supiera, las publicitaciones se están revisando con lupa”, se justifica. “No lo dudo, pero es un trámite nuevo y no hay mucha claridad, ¿usted me puede decir cuáles son los requisitos precisos para cumplir con una publicitación sin fallas?” pregunta la abue, tratando de sacar el mayor provecho a ese contacto casual con el alto representante de esa honorable oficina. “No, lo sabrá cuando le den la respuesta, entonces sabrá qué le falló”, le responde. “Pero, ¿cuándo?” cuestiona la abuela con voz lastimera. “No le puedo decir, tenemos montañas de publicitaciones, es una delegación muy complicada”.


La abuelita casi llora: cero información, cero certidumbre. Su caso se va al infinito de la cola, poco importa cuánto tiempo lleve haciendo el trámite. “Aquí no le damos prioridad a nadie”, dice el funcionario en respuesta el ceño fruncido de la abuela. “No busco que me den prioridad. Sólo que me diga que la respuesta no tardará 6 meses”. “No tardará 6 meses, pero no le puedo decir cuánto tardará”.


Entonces la abuelita se vio actuando en una obra del teatro del absurdo. No tenía caso seguir cuestionando al personaje, sería contraproducente. Sobre todo porque la secretaria iletrada ya había tomado nota cabal de su nombre y la dirección del predio. O sea, podía ser identificada como problemática y susceptible de ser clasificada como un caso irresoluble por impertinencia. “Cuidado,” se dijo, “haz un chiste abuelil para arrancarle una sonrisa a este funcionario todopoderoso y aligerar el ambiente”, pensó para sus adentros. Hizo su mejor intento, logrando sólo una ligera mueca que con trabajos pretendía expresar simpatía, y con ello se despidió del personaje.


De pronto un ligero temor: “¡Uff! Espero no haberme puesto más piedras en el camino de la manifestación de obra de las que ya hay”. Sin saber a ciencia cierta cuál sería el resultado de aquella visita infortunada a las oficinas de la Dirección de Desarrollo Urbano de la Alcaldía, dijo adiós al poli, quien la veía con vehemencia, acaso con un poco de lástima. La abuela se preparaba, a ciegas, para su visita del día siguiente.


¿Quieren saber si la abuelita consiguió saber algo de su trámite de publicitación? ¿Sobre cómo le fue después de la conversación absurda con el funcionario que la “bateó” vilmente?... Lea el próximo número de este boletín y siga rezando por ella.





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