Trámites absurdos: Mi abuelita intenta construir casa en Coyoacán

La nieta incómoda


En un lugar de Coyoacán, de cuyo nombre prefiero no acordarme, mi abuelita ha querido construir un hogar cómodo en el que sueña pasar el resto de sus días. Con los ahorros de toda su vida compró un terreno de 200 metros cuadrados y contrató a un arquitecto para iniciar, ilusionada, su proyecto. El arquitecto diseñó una casa cómoda y relativamente pequeña, de 160 metros cuadrados sobre dos plantas, conforme a la normatividad vigente en 2014. La abuelita insistió mucho en dejar mucho espacio para el cultivo de su preciado jardín, y como es ecologista, para recargar los mantos freáticos. También insistió en el reciclamiento de aguas pluviales y de uso doméstico.


La pobre abuela no sospechaba que la construcción de su casa se convertiría en un verdadero calvario.


El arquitecto no fue el problema. Su dolor de cabeza ha sido deambular, durante años, por los laberínticos pasillos de una burocracia kafkiana, digna de ciencia ficción. Resultó que los trámites para obtener la licencia de construcción eran complicados e infinitos. Animosa, como es ella, se lanzó a la Ventanilla Única de la entonces Delegación Coyoacán. La lista de requisitos fue tan larga, que ella expresó de inmediato: “¡Oiga, yo sólo quiero construir una casa de 160 metros cuadrados, no la Torre Mítikah!”. Ante el rostro impenetrable del funcionario que la atendió, dio media vuelta y lanzó un profundo suspiro.


Resignada, la abuela inició el trámite de cada uno de los requisitos en las distintas dependencias del gobierno capitalino: que si el alineamiento y número oficial (en la Delegación Coyoacán), que si el certificado único de zonificación de uso de suelo (en SEDUVI), que si la factibilidad (en SACMEX), que si esto en la Tesorería y que si lo otro en quién sabe dónde. La tarea era titánica para la pobre abuela, quien tuvo que aprender el lenguaje de la tramitología de cada dependencia, así como a hacerse de paciencia para soportar los tiempos de cada institución. Para aguantar, inició clases de yoga y meditación profunda. Ello le ayudaba a respirar para mitigar el enojo que le provocaba ir a cada oficina para enfrentar respuestas incompletas – el famoso “todavía no sale su documento” o el “venga dentro de un mes porque se cruzan las vacaciones” – o simplemente para soportar las largas esperas para ser atendida.


Al cabo de mucho batallar, la valiente abuela ya casi cubría todos los requisitos cuando se presentó el cambio de delegado en Coyoacán. Salía un mal afamado personaje e iniciaba funciones su compadre. La abuelita no entendía por qué ese cambio rompía la continuidad del funcionamiento de toda la Delegación. En particular, por qué eso entorpecería su trámite. En fin, a esperar a que el nuevo delegado se instalara y formara sus equipos, ratificara personal, etc., etc.


Por fin, la abuelita se arma de valor para contra-atacar la burocracia kafkiana con los bríos que le dio el receso. Nuevamente se acerca a la Ventanilla Única. Casi se va de espaldas cuando se da cuenta de que la lista de requisitos ha cambiado. No sólo eso, la vigencia de los documentos previos ya había caducado. La pobre contuvo el desesperado grito de ¡Nooooo eeeess pooosiiibleeee! Se tragó el llanto con un mantra aprendido en las clases de meditación, que venía como anillo al dedo para la ocasión. Cabizbaja y triste pensó: “nunca podré construir mi adorable casita”.


Una vecina piadosa le aconsejó contratar a un gestor para que ella ya no se desgastara con tanto trámite, para que ya no hiciera corajes que iban a dañarle la bilis y porque, ultimadamente, ella ya no estaba para esos trotes. Le pasó el teléfono de un especialista en tramitología de alto grado de complejidad, en lenguajes burocráticos y, sobre todo, en simplificación administrativa (cuotas facilitadoras). La abuela estaba indignada. No comprendía cómo doña Chonita, tan católica ella, le había sugerido violar sus sagrados principios de honestidad para prestarse a la pura y vil transa. Se acordó de la frase que había escuchado recurrentemente en ambientes que, por supuesto, no eran los suyos: “el que no transa, no avanza”. “¡Virgen santísima, apiádate de mí!”, exclamó para sus adentros. La abuela no pudo con semejante carga moral, y económica, hay que decirlo, porque a los costos de la construcción y de los propios trámites, se agregaban ahora los pagos al gestor y las “dádivas”, como él les llamaba. Se tomó un largo tiempo de reflexión.



Hacia el mes de enero de 2018, por fin la abuela se animó a rebasar los principios con los que había sido educada y se entrevistó con varios gestores, quienes le prometían las perlas de la virgen. Todos coincidían en que el trámite más complicado y costoso sería la aprobación del sistema alterno de aguas pluviales por parte de SACMEX. Las dádivas para obtener los diversos trámites tenían montos diversos. Un gestor se atrevió a ofrecerle comenzar la construcción en una semana sin ser amonestada por los inspectores a cambio de $250 mil pesos. La abuela puso ojos de plato y respondió: “o le pago a usted o construyo mi casa, ¿de dónde cree que yo voy a sacar ese dinero?”. Ante tanta corrupción y opacidad en los procesos para obtener los documentos, mi abuelita decidió rehacer el periplo de la visita de las múltiples dependencias de gobierno ella misma para ir juntando los documentos. Sólo solicitó a un gestor relativamente honesto el trámite de Sistema Alterno, porque ahí sí, ni Dios Padre podía ayudarla.


En eso estaba cuando nuevamente llegó el periodo electoral de 2018. No sospechaba que la Delegación Coyoacán, ahora Alcaldía, y el SACMEX suspenderían los trámites debido a la transición de equipos de trabajo durante varios meses. Tuvo que esperar hasta febrero de 2019 para sacar ficha en la Alcaldía de Coyoacán para presentar los documentos requeridos para la manifestación de construcción tipo B de su añorada casa. Ella estaba esperanzada en que ahora sí pudiera obtener la manifestación porque durante meses de campaña estuvo escuchando que el combate a la corrupción sería la bandera principal del gobierno entrante, lo cual incluiría a la Ciudad de México, y de pasada, creía mi abuelita, a la nueva Alcaldía elegida en 2018. Tenía fe, y a lo mejor todavía la tiene, en que las declaraciones públicas del alcalde en las que se deslinda de las corruptelas de sus predecesores sean verdaderas y que el hombre sea honesto. A lo mejor su pasado deportivo le generó alguna disciplina y buena moral. Además, le dio mucha confianza ver los letreros pegados en las paredes de las oficinas de la Alcaldía, en los que se anuncia una estricta vigilancia contra la corrupción.


Entre febrero y julio de 2019 mi abuelita estuvo visitando insistentemente las oficinas de la Ventanilla Única de la Alcaldía para que le revisaran sus documentos y para que la orientaran en cuanto a los nuevos requisitos para solicitar la manifestación de construcción. La experiencia acumulada la dotó de gran paciencia para soportar nuevamente las largas esperas para ser atendida. Cuando, por fin, obtiene una cita para la revisión “definitiva” de la documentación, la funcionaria no se presenta a la oficina. Después de dos horas de espera, la abuelita, algo enojada, reclama. Le explican que esa funcionaria es responsable de varias tareas, muchas de las cuales debe hacerlas fuera de esas oficinas, pero que no se preocupe, que la espere porque ya está en camino. La abuelita pide que otro empleado le revise la documentación. Le responden que sólo esa funcionaria está autorizada para hacerlo. La abuela se queda pensativa y se pregunta: “¿por qué asignan la importante tarea de revisar los requisitos para solicitar las manifestaciones de construcción a una persona a quien también envían fuera de la oficina?”. Para entonces, ya no trata de responder la pregunta absurda, porque ya está acostumbrada a que esa Alcaldía, antes delegación, así funciona; y muy probablemente las otras Alcaldías de la ciudad también tienen su buena dosis de irracionalidad.


La funcionaria llega por fin. A pesar de todo, la abuela la trata con pinzas porque ya sabe que es contraproducente quejarse. La mujer revisa los documentos con aire de superioridad. Empieza a decir que faltan documentos. La abuela se entristece, se angustia... Le dicta una nueva lista tan rápido que ella se ve obligada a usar abreviaturas y signos diversos. Luego viene el sablazo final: existe un nuevo requisito que se llama solicitud de publicitación. Consiste en colocar una lona en el predio para dar a conocer a los vecinos las especificaciones de la obra. Hay que tomar fotografías de la lona y de un periódico local, en el que se vea claramente la fecha, durante 15 días naturales. “Pero eso no me lo habían pedido en estas últimas revisiones que he tenido, tampoco aparece en la lista de documentos a entregar en la solicitud actual”, explica la abuela. “Pues sí, pero ya lo pedimos. Ah, y también la constancia de inexistencia de drenaje”, responde la funcionaria implacablemente. Ante la cara de sorpresa de la abuela y previniendo una explosión emocional de su parte, la funcionaria le pide que tome fotos de una guía que tiene para realizar el trámite de publicitación. Luego saca cuentas en su calendario y le da cita para un mes más tarde porque se atraviesa el periodo vacacional. Cita con ella, porque es la única persona en la oficina autorizada para asegurarse del cumplimiento de los requisitos, el lunes 29 de julio a las 10:00 am.


La abue sale de ahí con sentimientos encontrados: más trabajo y trámites, pero confía en que en el contexto de la 4T se le hará justicia y construirá, por fin, su casa. Esta vez prepara todos los requisitos con ayuda del arquitecto y su valiosa colaboradora, una arquitecta muy capaz. Toma las fotos cada día, redacta el oficio de solicitud de constancia de publicitación, cuya redacción es tortuosa e incomprensible, pero hay que seguir el modelo de la foto. En fin, con gran ilusión llega a la cita del 29 de julio poco antes de las 10:00 am, acompañada de la arquitecta y una asesora en tramitología. Entre las tres cargan los planos, los paquetes de fotocopias, los valiosísimos originales de constancias obtenidas con sangre, sudor y lágrimas durante meses. Nuevamente, la espera es larga. Por ahí de las 11:00 la abuela pregunta si la funcionaria llegará. No le dan certeza de nada. Por ahí de las 12:00 pide hablar con un superior. El coordinador del área accede a atenderla hacia las 13:00 horas. La abuela hace esfuerzos titánicos para no mostrar su desesperación y trata de explicarle su caso al coordinador, quien la interrumpe inmediatamente explicando que la funcionaria en cuestión no llegó porque está en el hospital. Enseguida le dirige un reproche a la abuela por ser tan insensible y no comprender que los funcionarios son seres humanos susceptibles a enfermedades e imprevistos. La abuela, desconcertada, alcanza a responder: “bueno, es que como llegó dos horas tarde la última vez, pensé que no vendría... ¿Entonces ahora qué procede? Nos costó mucho trabajo juntar todos los requisitos y quisiéramos saber que ahora sí están bien. Le pido, por favor, que nos asigne a otra persona”. El coordinador pide que llamen a alguien a que le revise los documentos y pregunta si ya tiene la constancia de publicitación. La abuela responde que siguió todos los pasos de la publicitación, pero que nadie le dijo que había que solicitar una constancia. “Pues sin ella no se puede ingresar la solicitud de manifestación. Entregue lo que trae para la publicitación en Ventanilla Única, le darán respuesta en 2 semanas o en un mes”. La abuela previsora le pregunta qué hay que hacer una vez que obtiene su constancia. Con quién pide cita si la persona encargada de revisar la documentación está enferma o de plano no está. El coordinador se exaspera y en un largo discurso cantinflesco argumenta finalmente que “hay que tener fe”. La abuela es religiosa pero no entiende dónde entra la fe y Dios en todo esto. ¿Será que tendrá que esperar a que la manifestación le caiga del cielo?


En eso está mi pobre abuela en estos momentos: esperando que le den la constancia de publicitación para poder seguir con el proceso que se ha empecinado en concluir. Intentará volver con el coordinador una vez que obtenga ese último requisito. Reza diariamente por si acaso el hombre tiene razón y sólo Dios le concederá la manifestación para construir su casa antes de “colgar los tenis”, como ella dice.


Si desea saber cómo continúa esta historia, revise el próximo número de este boletín... mientras tanto recen por mi abuelita, plis.

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